Introducción histórica

por José Félix de Vicente y Rodríguez, Arquitecto Asesor General para el Patrimonio Cultural de la Diócesis de Madrid

La difusión del cristianismo en Hispania, podíamos situarla en el contexto de la proyección que había alcanzado en el Mediterráneo Occidental. Tradicionalmente está aceptado su origen apostólico. Su fundamentación está constituida , en gran medida, por tradiciones que nos han llegado de épocas posteriores como la que se refiere a la evangelización de Hispania por Santiago el Mayor y la llegada de los Varones Apostólicos; no obstante, el único dato que nos permite mantener una difusión temprana del cristianismo en época apostólica, nos remite a la propia declaración de San Pablo en la Epístola a los Romanos, en la que nos menciona su intención de arribar algún día a las costas de Hispania.

La Hispania Romana, administrativamente se dividía en Provincias bajo el gobierno de un Pretor que actuaba en nombre de Roma, así en torno al Siglo III (D.C.) encontramos las Provincias de: La Terraconense que se establecía en el Nor-Noroeste. La Galaecia establecida en el Nor-nordeste. La Lusitania que se extendía por el Este. La Bética que se establecía por el Sur y la Cartaginense que lo hacía por el Sur-Suroeste.

De la llegada del cristianismo al pueblo Hispanorromano, lo encontramos ya arraigado documentalmente en el Siglo IV, aunque los primeros testimonios incontestables proceden de mediados del Siglo III y dejan documentado la existencia de comunidades sólidamente establecidas y organizadas en Sedes Episcopales en torno a determinadas ciudades: Emérita-Augusta, Astúrica, Cesar-Augusta… como así lo atestigua el Concilio de Elvira. La solidez de estos asentamientos queda atestiguada por diversos restos arqueológicos como el ” Martyrium de Cocosa del siglo IV en Badajoz. La pequeña Iglesia de Elche, o los treinta y dos sarcófagos paleocristianos encontrados en la Terraconense, en la Bética y en la Cartaginense.

El Concilio de Elvira, convocado en torno al año 300 D.C. deja documentado la llegada de 19 Obispos y 26 Presbíteros representando a treinta y siete Comunidades, la mayoría de la Bética y de la Cartaginense. Documento que nos permite deducir que había Comunidades regidas sólo por Presbíteros e incluso por Diáconos. En el año 254 encontramos varias cartas de correspondencia de San Cipriano, Obispo de Cartago, en respuesta a las Comunidades de Astorga-León y Emérita-Augusta, con motivo de la apostasía de sus Obispos BASÍLIDES y MARCIAL, durante las persecuciones del Emperador Décio que confirma la tesis que ya en el Siglo III, el Evangelio estaba extendido por toda la Península, siendo la tesis más sostenida normalmente que el cristianismo llega a Hispania a través de África. Los abundantes restos arqueológicos de mosaicos sepulcrales encontrados en las costas así lo demuestran. De hecho las comunidades de Astorga-León y de Emérita-Augusta, envían cartas a San Cipriano Obispo de Cartago, autoridad moral e intelectual que aparece configurada como una autoridad eclesiástica.

La dominación romana se apoyó en la creación de una amplia red de calzadas que aseguraban el comercio, la comunicación entre ciudades y sobre todo el desplazamiento de las legiones, afirmando de este modo su fuerza en el desarrollo urbano, minero e industrial. Estas vías de comunicación fueron clave para la expansión del cristianismo por toda la Península. Entre las principales se encontraban: La Vía Heráclea, que unía las Galias con Cartagena y Cádiz. La Vía de la Plata que unía Híspalis con Emérita-Augusta y Astúriga-Augusta, y una red de vías transversales que las unían entre sí, destacando entre ellas la llamada ” Vía Augusta “que atravesaba la Meseta uniendo la Emérita-Augusta con la Cesar-Augusta y Tarraco.

Por el actual término municipal de Madrid, lo cruzaba esta vía transversal, una de las más importantes del Imperio, que en su cruce por la Meseta, encontramos, entre los Siglos III A.C y el Siglo III D.C. el asentamiento de una población Carpetano-Romana, que situada en el centro de la Península Ibérica, abarcaría aproximadamente las zonas correspondientes a la Comunidad de Madrid y parte de Castilla la Mancha, (la llamada “Mantua Carpetana”). Su población de marcado carácter agrícola y rural, ( restos arqueológicos de la villa de Villaverde, finca de Collado Mediano, Villa de Valdetorres…) tras la Paz de Augusto, fueron transformando sus actividades hacia la manufactura y el comercio, lo que dio lugar al nacimiento de distintos núcleos urbanos entre los que destacaron Complutum, Toletum y Segóbriga. En el año 75, Tito Livio, hace ya referencia a Complutum declarada municipio romano por un decreto del Emperador Vespasiano, en el año 74, pasando posteriormente con el cristianismo a Sede Episcopal. Restos arqueológicos como la ” Casa de los Grifos”, la de ” Baco”, la de ” Los Cupidos”, las Termas, la Basílica y la Curia, nos muestran la importancia que alcanzó este municipio romano.

De la existencia de pequeñas comunidades cristianas asentadas en estos núcleos rurales y urbanos, nos dan fe el martirio de los Santos niños, Justo y Pastor, de 7 y 9 años, oriundos de Tielmes, que fueron martirizados en el año 304 en Complutum por el Gobernador Daciano, durante las persecuciones del Emperador Diocleciano. Algunos autores citan el martirio de un tal Ginés y de sus compañeros Anastasio y Placido, ejecutados en las persecuciones dictadas por Juliano el Apóstata hacia el año de 372; actas martiriales que el Padre Bivar dio a la estampa por Dn. Lorenzo Ramírez de Prado en la era de 706.

Documental y Arqueológicamente, no se encuentran datos de la existencia de asentamiento Hispano-Romano alguno en el actual enclave de la Real Villa de Madrid.

A la muerte del Emperador Teodosio acaecida en el año 395, el Imperio fue dividido entre sus dos hijos: para Arcadio la parte Oriental, para Honorio el Occidente del Imperio; circunstancia que coincide con los movimientos migratorios de los pueblos germánicos procedentes de la Europa Oriental, que tras la invasión del Imperio derrotado en la batalla de Adrianópolis, ocuparon la parte de Oriente. El pueblo Visigodo gobernado por Alarico asoló la Magna Grecia, llegando a sitiar Constantinopla en el 395 pero fueron derrotados por el General Estilicón, tutor del Emperador Honorio que a la sazón contaba 11 años. Tras la derrota, Alarico marcha hacia el Norte de Italia llegando hasta Roma, siendo saqueada en el 410. De Roma pasa al Sur de Italia, donde encuentra la muerte sucediéndole su cuñado Ataulfo que pactando con Honorio la salida de Italia se le concede el gobierno de las Galias. Dirigiendo sus huestes hacia el Sur del País Galo, son derrotados en Narbona por Constancio, abriéndoles de este modo el paso hacia la Península Ibérica, entrando por la Terraconense y fijando su estancia en Barcelona en el 415.

Teodorico I, abandonando Barcelona, dirige sus conquistas hacia el centro de la Península, siendo Amalarico quien establece su Corte en Toledo en el 427. Bajo el reinado de Atanagildo, son sometidos los Pueblos Suevos que se encontraban asentados en la Galaecia, así como son expulsadas de la Península las Comunidades Bizantinas situadas en el Levante de la Cartaginense.

Será con Leovigildo cuando se produce la unificación territorial de la Península Ibérica, favoreciendo la convivencia entre el pueblo Visigodo y el Hispanorromano, permitiéndose los matrimonios mixtos entre ambos pueblos. Leovigildo tuvo una gran preferencia por la Meseta Central, concretamente entre las cuencas del Duero y el Tajo, como ponen de relieve las numerosas necrópolis halladas en la zona. Ésta fue para el Rey su auténtica tierra de promisión. Consolidó Toledo como la Capital del Reino. Cambió las espadas por el arado en unas tierras aptas para el cultivo de los cereales y para el desarrollo de una ganadería expansiva, una de sus primordiales actividades comerciales, consistiendo los asentamientos en pequeñas aldeas formadas por viviendas unifamiliares próximas a sus explotaciones agropecuarias.

Una vez unificada territorial y políticamente la Península, el gran empeño de Leovigildo fue la unificación religiosa en el Arrianismo, religión oficial adoptada por los pueblos germánicos debido a la predicación del Obispo Orfilas discípulo de Arrio, presbítero de Alejandría, que por causa del debate surgido, tras el reconocimiento del cristianismo como religión oficial del Imperio por el Emperador Constantino, sobre la divinidad de Jesucristo, Arrio afirmaría la filiación divina de Cristo , pero negaría su divinidad, así como pondría en tela de juicio el misterio de la Santísima Trinidad. Arrio fue condenado por hereje en el primer Concilio de Nicea (año 325) y declarado apóstata en el primer Concilio de Constantinopla (año 381) por su doctrina opuesta al dogma trinitario.

La Provincia de la Bética, así como la Cartagenensis, de mayoría hispanorromana, mantenían el catolicismo de tradición agustiniana, alentado desde Sevilla por su Obispo San Leandro, oriundo de Cartagena, hijo de Serviano un noble hispanorromano y una madre visigoda hija de Teodorico, nacido hacia el año 534-540; hermano de San Isidoro que le sucederá en la Sede Hispalense y de San Fulgencio Obispo de Écija. Desde su Sede sevillana centró toda su pastoral en la evangelización de los pueblos visigodos, llegando a convencer a Hermenegildo, hijo de Leovigildo, para adoptar el catolicismo como credo personal, al igual que fue adoptada por los godos de su consejo en el gobierno de la Bética; Provincia que cogobernaba desde Sevilla en nombre de su padre Leovigildo. Declarada la guerra, junto a Mérida, contra el arrianismo, credo oficial del reino, obligó a Leovigildo a tomar de nuevo las armas, llevado por la idea de la unificación religiosa del reino. Derrotado el ejército del Sur, Hermenegildo, huido a Zaragoza, fue asesinado por orden de su padre, siendo posteriormente canonizado como mártir defensor del catolicismo, a petición de Felipe II, por el Papa Sixto V en el año 1585, junto a San Fernando.

Será Recaredo, hermano de Hermenegildo e hijo de Leovigildo, quien obtendrá la unificación religiosa del reino, convertido al catolicismo por San Leandro, y declarándolo como religión oficial del reino en el III Concilio de Toledo celebrado en el 589.

Durante la ocupación Visigoda, la comarca de la “Mantua Carpetana”, entrará en una paulatina decadencia, dispersándose su población que se iría asentando junto a la antigua calzada transversal de la ” Vía-Augusta”, como lo atestiguan las diversas necrópolis encontradas en las Dehesas de Colmenar Viejo, en la Cácera de las ranas en Aranjuez, con un rico ajuar funerario, en la que se mantiene la señalización romana en las sepulturas, y la rica finca ” La Aldehuela” en Torrecilla cerca de San Martín de la Vega. La próspera Complutum, designada como Sede Episcopal por Asturio Obispo de Toledo en el Siglo V, irá perdiendo su hegemonía, al igual que toda la región de la “Mantua Carpetana,” que Junto a Toledo marcará el límite más meridional de la ocupación visigoda de la Meseta.

Prácticamente son escasas las pruebas de la presencia visigoda en la Capital Madrileña, aunque recientemente, el hallazgo de un cubículo cristiano bajo los cimientos del farallón de la Almudena; un espacio rectangular de tres tramos separados por arcos fajones, y que basándonos en los escritos de San Idelfonso, Obispo de Toledo, posiblemente estaría dedicado a la Concepción Inmaculada de Santa María, ya que hace alusión a esta devoción entre los godos de este asentamiento. Es cierto que varios autores sitúan un poblado visigodo en los aledaños del barranco de las fuentes de san Pedro, así como la parroquia de Santa María y la de San Juan Bautista.

Según los datos facilitados por el ” BEATI ILDEPHONSIS ELOGIUM” de San Julián de Toledo, San Ildefonso nació en Toledo en el 607 durante el reinado de Witerico. De estirpe germana, sobrino del Obispo Eugenio III, e ingresando de niño en el monasterio de Agali, fue ordenado de Diácono en el 633. Elegido Abad del mismo, como lo afirman los Concilios VIII y IX, es elevado a la Sede Episcopal Toledana en el 657 siendo Recesvinto rey de Toledo.

Siguiendo la ” VITA VEL GESTA S. ILDEPHONSI SEDIS TOLETANE EPISCOPI” atribuida a Caxila, Obispo de Toledo, la noche del 18 de Diciembre de 665, fue a orar y entonar himnos en honor a Santa María junto con sus compañeros, encontrando la capilla con un brillo deslumbrante, y viendo a Santa María sentada en la Sede Episcopal rodeada de Vírgenes y que refiriéndose al Obispo le dijo : ” Tú eres mi Capellán y fiel Notario, recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su Tesorería para que sólo la uses en mis fiestas.” En su obra ” DE VIRGINITATE “, S. Ildefonso trata sobre la perpetua virginidad de Santa María contra tres infieles, señalando el inicio de la Teología Mariana en España. Establece las fiestas de Stª.María frente a un arrianismo que no termina de superarse, en la que se hace mención de una Inmaculada Concepción en una pequeña iglesia visigoda madrileña, fijando la solemnidad de la Encarnación el 25 de Marzo.

En opinión de algunos autores , en el Siglo XIX, se encontró en el claustro de Santa María, una lápida en la que rezaba que allí descansaban los restos de un clérigo denominado DOMINUS, enterrado en el 697, lo que demostraría la existencia de una comunidad eclesial en este periodo visigodo, y que avalaría la tesis de S. Ildefonso. Últimamente en las obras para la construcción de los Museos para las Colecciones Reales, se ha encontrado los restos de un varón de unos 25 años y que se corresponden con este periodo visigodo, abriendo las puertas a un posterior estudio de un posible asentamiento visigodo en esta zona.

En el reino visigodo, las luchas por el poder habían sido una constante durante sus tres siglos de existencia, llevando a la precariedad política la monarquía, que por sentencia del V Concilio Toledano, la sucesión carecería de carácter hereditario regular, accediéndose al trono  por elección de una manera electiva dentro de un linaje.

La crisis eclesiástica, habría contribuido a la desmoralización de la vida hispánica. La era Isidoriana había llegado a su fin con San Julián de Toledo. No se trataba solamente de un descenso del nivel intelectual, sino también del religioso y moral. El episcopado había sufrido las consecuencias de un nepotismo aristocrático en la jerarquía, ya que los altos cargos eran acaparados por la alta aristocracia de estirpe goda, bastará recordar el papel que tuvieron los Obispos OPPAS y SISBERTO en la traición de los witizianos contra el electo Don. Roderico. En los años de gobierno visigodo nunca se llegó a superar el gran punto débil como era la falta de conexión entre la casta dirigente goda y una sociedad mayoritariamente hispanorromana.

A la muerte de Witiza acaecida en el 710, hereda el trono su hijo Akila, haciendo caso omiso al dictamen del V Concilio de Toledo que imponía una monarquía de carácter electivo, ya que había  sido elegido por gran parte de la nobleza el” Conde de la Bética”, Don. Roderico como Rey de los Visigodos. Los otros hijos de Witiza , Olmundo y Sisberto, se resistieron a la pérdida del poder, y ayudados por los Obispos Oppas y Sisberto, buscaron la ayuda de Musa, caudillo militar Yemení, conquistador de Marruecos y Gobernador del Norte de África en nombre del Califato de Damasco; recurriendo a la mediación en las negociaciones , a Don Julián, Gobernador Bizantino de Ceuta. Con el beneplácito del gobernador del Norte de África, Musa, se realiza una primera incursión con 7.000 bereberes, que llegados a Tarifa en el 710 al mando del lugarteniente bereber Taryq- Ibn-Zyad, derrotaron a las huestes visigodas de Don Roderico en Guadalete, como consecuencia de la traición del sector witiziano que pasándose al bando enemigo llevó a la derrota del ejército visigodo en Julio del 711.

Asentada por Taryq una cabeza de puente en Tarifa, Musa desembarcó con otros 18.000 hombres, conquistando sin esfuerzo Medina-Sidonia y Carmona. Tras un largo asedio a Sevilla, Sede Episcopal hispano-romana, cae en manos de Musa, que convertida en base de operaciones militares, desde ella se planeó la toma de Córdoba, capital de la Bética  y Mérida, la antigua Emérita -Augusta, capital de la Lusitania. Rendidos estos dos centros de poder administrativo y militar, Musa centra su objetivo en la conquista de Toledo capital del Reino Visigodo. Siguiendo la antigua calzara romana de la ” Vía de la Plata”, conquistando a su paso Cáceres y Talavera la Vieja, llega a Toledo antes de acabar el 711. Allí se juntó con Taryq, que atravesando Despeñaperros por la calzara romana que partía de Linares y tomando de camino Consuegra, llegó a su tiempo a Toledo.

Abandonada Toledo a su suerte, tras la huida del Rey Agila II y el Arzobispo Sinderedo junto con la alta aristocracia, sin apenas resistencia, cayó a comienzos del invierno del 711. Decidiendo Musa pasar allí el invierno, con la llegada de la primavera, dirigió sus tropas hacia el Noroeste, zona ocupada por Agila II tras su huida de Toledo, conquistando al paso Astorga y León, pero requerido por el Califa de Damasco, de regreso a Toledo, tomó Salamanca. Taryq, a su vez, se encaminó con sus huestes hacia el Nordeste conquistando Calatayud y Zaragoza, donde asesinó cruelmente a todos sus defensores en represalia a su fuerte resistencia. Cuajado el año del 725, toda la Península había sido dominada por el Islam, exceptuando un pequeño rincón en la Provincia de la Septimania donde se había refugiado el Arzobispo Sinderedo.

Con la llegada del príncipe Abderramán, escapado del sangriento destino final de los Omeya a manos de los Abasidas, huido de Damasco, desembarcó en el Al-Andalus, declarándose Emir en Córdoba se independizó de Bagdad en el 733. Será Abderramán II quién lograría una rápida islamización de la Península, reduciendo considerablemente el número de cristianos mozárabes en todo el territorio musulmán.

Como consecuencia del nombramiento del Emirato, surgieron diversas disputas y rencillas internas entre árabes y bereberes, circunstancia que aprovecharon los cristianos del Norte para reorganizarse dando lugar al inicio de la Reconquista. Con la ascensión al trono de Abderramán III en el 912 se proclamó Califa quedando así establecido el Califato de Córdoba.

El pueblo hispanorromano de tradición católica y los godos conversos, establecidos en las zonas conquistadas, se convirtieron en DIMNÍES, Término que englobaba tanto a cristianos como a judíos, los cuales de acuerdo con el Corán, se les consideraba AB-AL-KITAB ( “Gentes del Libro”) mereciendo por tanto protección y respeto por parte del mundo musulmán. Estos Dimníes estaban sujetos a una serie de leyes que les obligaba a pagar un impuesto especial ” La YIZYA” , permitiéndoles el mantenimiento de sus tradiciones y costumbres y la práctica de su fe, siempre que no hiciesen apología, manifestaciones públicas ni hacer proselitismo. Los judíos prontamente arabizados, por lo menos en sus élites y en los medios urbanos, mantuvieron una estrecha colaboración con el poder islámico. La mayoría de los cristianos conversos, de origen godo, no dudaron en la arabización e islamización, quizá por su dudosa conversión al catolicismo, o para evitar la yizya. Las disposiciones sobre las condiciones que debían cumplir los templos cristianos, fueron establecidas en el ” Pacto de Umar” en el que se contemplaba el respeto a las ” Gentes del Libro” y a sus templos, que no podían ser destruidos si se avenían a pagar la capitación o yizya, comprometiéndose los dimníes a no construir más templos ni monasterios en las ciudades y sus alrededores.

La ciudad de Córdoba fue la excepción en el reinado de Alhaquen,  permitiéndose a los Cristianos Mozárabes, o ” sometidos”, herederos de una Iglesia antigua y consolidada, la construcción de nuevos templos, con permiso del Consejo, como en el caso del Obispo Recemundo en el siglo X. Solamente en el periodo del reinado del Emir Muhamad I ( 852-886) durante la dura represión religiosa, ordenó destruir varios templos, así como el martirio de varios Obispos y monjes, como nos es narrado por San Eulogio, mártir de Córdoba, dando lugar a la emigración hacia el Norte de un sector, primordialmente monacal de mozárabes que establecieron sus cenobios en las zonas despobladas junto a la línea del Duero.

En el 852, Muhamad I, hijo de Abderramán II y quinto Emir de Córdoba, manda establecer en la cornisa que se alza sobre la margen izquierda del Manzanares, un asentamiento de carácter militar que vigile el paso del Guadarrama a Toledo, ruta que se mantenía desde la época romana y que discurría paralela a las cuencas de los ríos hasta alcanzar la vega del Tajo. Este asentamiento de carácter eminentemente militar e inserto en la Marca Media (  tierras de nadie ) de los territorios fronterizos del Al-Andalus con los Reinos Cristianos del Norte, paulatinamente se fue colonizando ,como la mejor manera de defender un territorio, dando paso a la fundación de una comunidad dependiente del Califato, a la que se denominó Mayrit, por la riqueza de sus venas de agua, y que cumplía ampliamente una doble función : ser elemento de contención ante el avance cristiano y ser punto de partida para las razias e incursiones hacia el Norte.

Punto estratégico de la Marca Media en la defensa de Toledo y elemento de seguridad para la red viaria que seguía el trazado de la romana ” Vía Augusta”. El Emir favoreció su desarrollo económico creando una sucesiva riqueza agropecuaria y mercantil, que de una guarnición militar, dio paso a una próspera población musulmana, que al tiempo fue elevada a la categoría de Medina.

No cabe pensar en un anterior asentamiento musulmán de cierta entidad, aunque bien pudieron existir aislados caseríos de carácter agropecuario, tanto visigodos como musulmanes, situados en torno al barranco de las fuentes de San Pedro.

La escasez del elemento humano-dominador, forzó el replanteo de los núcleos habitados, adquiriendo un nuevo aspecto debido a una nueva función. Las ciudades de origen romano o godo cedieron su importancia en favor de núcleos próximos nacidos de ellas, pero mucho más reducidas en extensión pero mejor fortificadas. Así la Complutum romana pasará a la Alcalá enriscada y fortificada en el Cerro del Viso. La Arriaca se convertirá en la Guadalajara asentada en un espinazo entre dos valles. Sobre rocas areniscas se levantará la fortaleza de Sigüenza al igual que Medinaceli.

El Emirato había establecido en la frontera con los reinos cristianos del Norte, las ” MARCAS” (tierras de nadie), dividiéndolas en tres secciones: La Marca Inferior cuya capitalidad se centró en Mérida. La Marca Media centrada en Toledo, y la Marca Superior con capitalidad en Zaragoza, todas ellas alojadas en la Meseta Central en torno a la romana ” Vía Augusta”. Todas las fortalezas fronterizas de la Marca Media se encontraban unidas por los cauces del Tajo y sus afluentes, así como por el Ebro y sus afluentes ibéricos.

Muhamad I, consciente que una excelente defensa tiene una relación directa con el ejercicio de un poder más estable y con recursos económicos suficientes, llegó a desarrollar las mejores condiciones para la protección de su reino, levantando en la Marca Media las fortalezas de Zorita, Maqueda, Alamín, Huescas, Madrid y Medinaceli. Estableció la capitalidad del extremo más oriental de la Marca Media en Guadalajara, abarcando su radio de acción desde la cuenca del Manzanares controlada por Madrid, hasta la cuenca del Jalón que lo haría por Medinaceli.

Entre los años 850 al 880, el Emir, establece en la cornisa que defiende el paso del Manzanares, el Ribat de Mayrit, como una comunidad religioso musulmana y militar, fajando la alcazaba ,con un primer cerco fortificado que defendía a la guarnición, y un segundo recinto amurallado que protegía la Al-medina.

El primer recinto comenzaba en la Puerta de la Vega, subía por las hoy casa del Marqués de Malpica, dividía el Palacio del Duque de Uceda, hasta entestar con la Puerta de la Mezquita y virando hacia el Norte, subía por la hoy calle del Factor hasta dominar el Altozano de Rebeque, para descender por el Poniente, terminando trabada en el ángulo Sureste de la Alcazaba. En su interior se extendían unas cuatro hectáreas. Este recinto estaba defendido por una fortísima muralla de cal y canto argamasa en su alma, presentando  en su cara exterior un lienzo de sillería rectangular de piedra caliza trabada a soga y tres tizones, al modo califal, hasta alcanzar un grosor de tres metros por término medio. Cada veinte metros de lienzo amurallado, se fortalecía con torreones rectangulares, con poco resalte con referencia al lienzo, mostrando en su base aterraplanada, un fuerte aglomerado de pedernal labrado en su cara exterior.

En este primer recinto se abrían dos puertas: la de la Vega, dando su cara al Ponente frente al Manzanares, asentada frente al hoy farallón donde se ubica la hornacina con la Virgen de la Almudena. Puerta angosta situada bajo una fuerte torre, con dos estancias, alojándose en la interior dos escaleras a sendos lados que conducían al adarbe. En la exterior, en el punto del arco, se albergaba una gruesa plancha de hierro, que en tiempos de asedio se dejaba caer con violencia sobre los asaltantes. Las pesadas puertas, ajambradas sobre gorrones, estaban recubiertas de fuertes planchas de hierro. La segunda puerta denominada la de la “Mezquita”, por encontrarse ésta en su entorno, se alzaba dando su cara al Oriente, más o menos en el vértice donde hoy se unen Mayor con Sacramento. Era una fortísima torre caballero de pedernal tallado a una cara.

En este recinto interior se destacaban dos grandes torreones: Uno denominado de Narigües o del Pozacho, por estar alzado sobre las huertas de este nombre, se Levantaba en el ángulo Suroeste de la muralla y vertido sobre el Barranco de las Fuentes de San Pedro. Era una torre albarrana grandota y pentagonal, a modo de proa de barco. El segundo torreón, llamado de Gaona, quizás derivado de su nombre arábigo ” Ga-Ana” (corta o chata), orientado al Norte y que se alzaba, donde hoy la Calle Carlos III flanquea el ángulo Sureste del Teatro Real.

La Al-medina se rodeó de un fuerte recinto amurallado, reforzados sus lienzos con torres rectangulares al modo califal y en cubos circulares en los últimos tramos, defendido por su exterior con foso y barbacana. Se iniciaba enjarjado junto a la Puerta de la Vega, descendiendo hacia el Barranco de las Fuentes de San Pedro, torciendo al Sureste por Costanilla de Mancebos y Redondilla, siguiendo hacia la Cava Baja y Calle del Almendro, enderezándose hacia el Norte buscando la Cava de San Miguel y Milaneses para descender por la calle del Espejo y Escalinata, hasta la Plaza de Isabel II, girando ligeramente hacia la parte baja de la Cuesta de Santo Domingo, se retorcía de nuevo hacia el Sur buscando el ángulo suroeste de la Alcazaba.

En este segundo recinto amurallado, reforzado con unas setenta torres y albergando en su interior unas veintiséis hectáreas, se abrían cuatro puertas: de Moros, Puerta Cerrada, de Guadalajara y de Balnadú. La de Moros se alzaba en la Plazuela del Humilladero. Era fortísima, acodada con torres flanqueando la entrada y encarada al Sureste. Puerta Cerrada, localizada entre la Cava Baja y la de San Miguel, de trazado en doble codo, se abría al Naciente. Posteriormente, el vulgo la denominó de la culebra por adornar su dintel con un dragón aculebrado, que según algunos castizos decían de proceder de un escudo de origen griego. Debió su nombre de cerrada, porque lo estuvo durante mucho tiempo para evitar la fuga de matuteros y malandrines, por abrirse directamente a las majadas y ondulaciones de los atochares.

La Puerta de Guadalajara, de cara al Oriente, se alzaba centrada en la Calle Mayor y enfrentada, al inicio del tramo que se denominaría más tarde de Platerías. Un gran arco califal entre dos cubos, daba paso a un pasadizo en codo, dificultando el acceso en caso de ataque. Un fuerte torreón, de planta cuadrada, se alzaba a su derecha defendiendo la Puerta y que ocuparía parte de la hoy Calle Mayor. La Puerta de Balnadú (la que da al valle) daba su cara al Norte. Puerta igualmente en codo al modo de atalaya, y que se localizaría en el hoy ángulo suroeste del Teatro Real.

Abderramán III, fortificó de nuevo estos recintos en el 932, tras las incursiones de Ramiro II.

Según las crónicas de Ibn- Bassan, Al-Qadir, gobernador de Toledo, tras una revuelta acaecida en 1080 capitaneada por Ibn- Mugit, huyó a Cuenca, mientras que los toledanos sublevados se hicieron fuertes en la alcazaba de Mayrit, declarándose independientes de la Taifa de Toledo. Recuperado Toledo, Al-Qadir, ordenó cercar Mayrit hasta que los toledanos se rindieron, ensañándose con la crucifixión de los rebeldes.

En torno al 1083, Al- Qadir solicitó la ayuda militar del Rey castellano Alfonso VI, para conseguir la Taifa de Valencia; a cambio aceptó la entrega de Toledo a Castilla. En el 1085, Alfonso VI, entra en la capitulada Toledo al frente de un gran ejército, integrado por castellanos, mozárabes y francos borgoñones capitaneados por su yerno Raimundo de Borgoña, a la sazón casado con su hija Doña Urraca.

En las crónicas de Alfonso X el Sabio, no se menciona que la fortaleza de Mayrit, entrara en las capitulaciones de Toledo, por lo que se puede deducir que Mayrit fue ganada por las armas antes de la toma de posesión, del Rey castellano, de la capital de la Marca Media en Mayo del 1085.

Incorporada la villa de Madrid al reino castellano-leonés, El Rey Alfonso garantizó la vida, propiedades y creencias de sus habitantes, siendo la mayoría de la población mozárabe y judía. Tras la marcha de muchos musulmanes debido a su carácter militar, poniéndolos  bajo su protección personal, al igual que se había hecho en otras ciudades conquistadas, los mozárabes, colaboraron con los conquistadores, aunque seguían manteniendo sus peculiaridades lingüísticas y religiosas: la arabización de sus nombres y la algarabía en sus contratos personales. La sociedad musulmana cuya actividad agropecuaria y artesanal no vio motivos suficientes para la emigración, amparados en la situación de tolerancia creada tras la conquista, encontró su asentamiento en el cerro de San Pedro, al otro lado del Barranco de las Fuentes, en lo que con el tiempo se llamaría ” La Morería”. Con la llegada de cristianos foramontanos del Norte para la repoblación de la villa, a estos musulmanes asentados en la Morería, se les comenzó a denominar ” Mudéjares”, permitiéndoles  la convivencia y el mantenimiento de su religión a cambio de un tributo.

En el 1197, los Almohades incendian Madrid y sometiéndola a sitio, dominaron la Villa hasta que la Victoria de las Navas de Tolosa por Alfonso VIII en el 1212, alejarán definitivamente a los Almohades de la Cuenca del Tajo.

Al compás del avance de la reconquista, se fueron organizando diversas formaciones territoriales independientes, cada una de las cuales iba elaborando su peculiar derecho. El incremento de estos núcleos de población asentados en diversos centros urbanos, originó la diferenciación entre el derecho de sus pobladores y el de los demás núcleos del reino. Así la concesión de “Fueros” propios para cada núcleo urbano, por parte de los Reyes, que son sus Señores territoriales, impulsa las Leyes propias. Alfonso VI y Alfonso VII, desempeñaron un papel importante en la concesión de estos “Fueros,” como el concedido por el Emperador Alfonso VII en 1145, trasladándose algunas de sus disposiciones al “Fuero” de 1202.

El ” Fuero de Madrid “, Villa de realengo, dado por el Alfonso VIII en 1202, hace corresponder en el ” Concejo de la Villa” el uso de las normas y facultades concedidas por el Monarca. Redactadas por el Consejo, toman como partida el Derecho local precedente en el que influyen el Derecho Penal y Procesal, con apéndices hacia la vida política y administrativa, y algunos privilegios concedidos por el Rey, con las consiguientes prerrogativas concedidas sucesivamente por Alfonso VIII y Fernando III el Santo.  El “Fuero” es revocado en el 1262 por el ” Fuero Real” de Alfonso X el Sabio, en el que rehusando el carácter localista, unificó los diversos fueros existentes en la Corona de Castilla.

En el apéndice de la Ley CX, a partir del Nº 22, se detallan las Collaciones que se integran en el recinto intramuros de la Villa:

Sancte María. Sancti Andrés. Sancti Petri. Santo Iusto. Sancto Salvatore. Sancto Michaele. Sancto Iacobo. Sancto Iohanne. Sancto Nicholao. Sancto Michaele de la Sagra.

En el apéndice de la Ley LVI, se cita la Collación del arrabal de San Martin, presidida por la abadía benedictina dedicada al santo de Tours, sita en el Vico de los francos, en memoria de los borgoñones que acompañaron al Rey Alfonso VI en la toma de Toledo. Con respecto al arrabal  de San Ginés no se menciona en el Fuero, pero parece surgir como consecuencia de las duras condiciones que el Monasterio de San Martín imponía a los moradores del Vicus , decidiendo pasarse a la vertiente Sur del arrollo del Arenal, estableciéndose en un nuevo arrabal de carácter agrícola y artesano.

Como integrado en el arrabal de San Martín aparece en el ” Fuero” el arrabal de Santo Domingo, en torno al Monasterio fundado por el Santo en 1218.