BREVE HISTORIA DE LA CAPILLA DEL OBISPO

El origen de la Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, que es su nombre canónico, se encuentra relacionado con la figura de San Isidro labrador, patrono de Madrid, quien trabajo los campos de la familia de los Vargas, la misma familia que casi cuatrocientos años después fundase la Capilla del Obispo. San Isidro y su esposa, Santa María de la Cabeza, trabajaban para la familia Vargas, asentados en el Barrio de San Andrés, un extremo del Mayrit musulmán que era hogar de mozárabes, pero que con la reconquista cristiana pasó a ser un lugar señero para que nobles y pudientes construyesen sus palacios.

El pueblo de Madrid la ha llamado siempre la Capilla del Obispo, por el Obispo Gutierre de Vargas y Carvajal, Obispo de Plasencia. Conviene detenerse en la figura de este obispo singular. Sus padres, Francisco de Vargas, y su madre, doña Inés Carbajal, lo orientaron desde niño a la carrera eclesiástica, como tantos segundos hijos, o «segundones», de las familias más nobles y adineradas de la época, que no heredaban ni el título ni el patrimonio principal, el mayorazgo, reservado al hijo mayor que no podría ni venderlo ni dividirlo.

La carrera eclesiástica de Gutierre contó además con el cobijo de su tío, el Cardenal Bernardino de Carvajal, que le facilitó su nombramiento episcopal, con apenas dieciocho años, como obispo de Plasencia. Cuentan que a veces Gutierre cambiaba el orden de sus apellidos, anteponiendo el materno. Aunque fuera muy común en la época, dicen que lo hacía en los ámbitos eclesiásticos, para identificarse como sobrino del insigne Cardenal Carvajal, quien fuera desde rector de la Universidad de Salamanca a valedor de España ante varios papas, incurriendo incluso en enfrentamientos con los Médici y los Orsini en Roma.

Habiendo llevado una juventud un tanto azarosa, el Obispo Gutierre fue también un importante personaje de su época, conocido por su holgura en la generosidad. Tomando ejemplo de la misma familia real, costeó, con su peculio personal, desde una expedición naval al Estrecho de Magallanes, a la redención de las caudalosas deudas que la Villa de Madrid llegó a tener con el Reino.

Estudioso y erudito, participó en el gran Concilio de Trento, y fueron ejemplares las constituciones sinodales que escribió para su diócesis, así como la aplicación de la reforma de Trento tanto en Plasencia como en Cáceres, su segunda diócesis que regentó hasta su muerte, en 1556.

Su padre, Francisco de Vargas, fue consejero del Emperador Carlos, y podríamos decir que su ministro de asuntos económicos, lo que le otorgó grandes quebrantos, dada la ligereza con la que el emperador despilfarraba su pecunio.

Don Francisco, siendo heredero de la histórica familia para la que trabajó San Isidro, la familia de los Vargas, solicitó y consiguió en 1518 una bula papal a León X para llevar a cabo la fundación de una capilla anexa a la Iglesia de San Andrés, en la que poder venerar al santo.

Después de diversos pleitos con el párroco de San Andrés, el cuerpo incorrupto del santo no pudo trasladarse al nuevo espacio. Tras el fallecimiento de don Francisco de Vargas, en 1524, fue su hijo, el Obispo de Plasencia, quien se hizo cargo de la finalización de la excepcional obra de la capilla.

No pudiendo enterrar en ella el cuerpo de San Isidro, el obispo Gutierre ordenó cerrar el acceso de la capilla a la iglesia de San Andrés, abriendo una entrada independiente por la Plaza de la Paja. Plaza cuyo nombre tiene que ver con la importancia que llegó a tener esta Capilla, cuyos capellanes recibían del pueblo madrileño la paja suficiente para alimentar a los borricos con los que se desplazaban.

Después de haber perdido la función inicial para la que fue creada, el Obispo de Plasencia ordenó que la capilla se convirtiera en panteón familiar. Para ello, contactó con Francisco Giralte, discípulo de Alonso de Berruguete, que ya había plasmado su huella como artista, profusa y primorosamente, en Valladolid y Palencia. Y también contó con Juan de Villaldo, que trabajó mano a mano con Giralte, pintando el retablo.

EJEMPLO ÚNICO EN MADRID DEL GÓTICO TARDIO

Tanto el retablo, realizado en 1557, que representa escenas de la vida de Cristo, con especial detenimiento en las de la Pasión -junto a las imágenes de los apóstoles y de algunos padres de la Iglesia-, como los sepulcros del Obispo y de sus padres, constituyen la obra magna del maestro Giralte, y son auténticas joyas del Renacimiento español, no teniendo similitud en ningún otro templo de la Villa de Madrid.

 

En realidad, pocos exponentes hay en toda España como éste, en cuanto al trabajo del relieve policromado en el retablo, y en cuanto al cincel sobre la piedra de alabastro, en los sepulcros.

El sepulcro del Obispo, con dimensiones sin igual en este tipo de monumentos, es de una belleza incomparable. Impresionan especialmente la imagen del obispo, representado en el centro de la escena, arrodillado y rezando ante Cristo atado a la Columna, así como la de los niños cantores y músicos, con sus mofletes indicando la técnica de la respiración continua para tocar la flauta, y el texto del salmo 41 que están entonando, y que puede leerse perfectamente.

Estos sepulcros, que en realidad son llamados cenotafios por no albergar los restos de quienes son representados, contrastan con el gusto gótico tardío del resto del edificio, el gótico isabelino, del que en Madrid sólo existen dos iglesias: la Parroquia de San Jerónimo (muy modificada por sus sucesivas restauraciones), y la Capilla del Obispo, que es el único ejemplo en estado puro de este gótico isabelino, sin sufrir ninguna modificación desde su construcción, exceptuando algunos leves deterioros en el terremoto de Lisboa de 1755.

A punto estuvo de sufrir la “quema de iglesias” de la persecución religiosa del siglo XX, como sí la sufrió el templo contiguo, la parroquia de San Andrés, reconstruida en los años 50. Al parecer los milicianos no la vieron, al no tener la Capilla del Obispo fachada exterior propia, sino que se accede a ella por la entrada del Palacio de los Vergas, y al no verse fácilmente la cúpula desde el exterior, flanqueada por las demás edificaciones.

La Capilla del Obispo tiene forma de cruz y la cubre una hermosa bóveda de crucería. El coro cuenta con un singular artesanado en el techo, en el que pueden leerse, silaba a silaba, el canto del Magnificat. Tanto la fachada del palacio de los Vargas que rodea la capilla, como el pequeño y hermoso claustro que conecta ambos, son exponentes ejemplares del estilo renacentista.

Así como las maravillosas puertas de madera que abren la capilla desde el claustro, atribuidas a Cristobal Robles y Francisco de Villalpando, con sus intricados relieves que representan abajo escenas del Antiguo Testamento, y la expulsión del paraíso de Adan y Eva en la parte superior.

Destaca la escena que muestra la batalla bíblica de Moisés luchando contra los amalecitas, con expresiones dantescas del horror de la guerra, que contrastan con la imagen de un Moisés rezando, implorando la victoria o, deberíamos pensar, implorando la paz, porque en las guerras todos pierden, nadie sale victorioso. El que el último casetón represente un tema pagano, dos sátiros sosteniendo una copa, son muestra de esa apertura cultural y religiosa que tanto distinguió al arte renacentista.

ESPACIO PARA EL DIÁLOGO FE/CULTURA EN MADRID

La Capilla del Obispo fue durante siglos propiedad de los descendientes de la familia Vargas, como el linaje de los marqueses de san Vicente del Barco, cuyo patrimonio paso a formar parte de la Casa de Alba, que ostentando entre 1920 y 1980 la propiedad de la Capilla y el contiguo Palacio de los Vargas, las cedió a la Archidiócesis de Madrid. El Cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, encomendó en 2026 su tutela a la Delegación Episcopal de Cultura, como sede suya, y Casa de la Cultura de la Iglesia en Madrid.

Aconsejamos a nuestros visitantes que no pasen de largo por esta Capilla y este espléndido palacio. Que se detengan sin mirar el reloj ante el retablo de Giralte, especialmente ante la figura del Cristo atado a la columna, para recordar y agradecer como él quiso dejarse atar para liberarnos a nosotros de todas aquellas ataduras de la vida que pretenden no dejarnos ser libres.

O que se detengan, justo debajo, ante la figura de la Piedad, porque pocos relieves como éste nos muestran el amor de María para con su Hijo, su dolor sereno y su ternura entrañable, que prodiga a su vez con todos nosotros.

O que se detengan ante esos niños músicos y cantores, del cenotafio del obispo, que parecen estar vivos y que pierden la dureza del alabastro para deleitarnos, y para invitarnos a cantar y rezar con ellos ese salmo 41 que dice: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?”

Pero también que detengan su mirada en la belleza del artesanado de la sala capitular, en su capacidad de acogida y de envolvimiento, o en el ciprés y la palmera del Claustro, o en la luz que entra por las vidrieras de la Capilla, las ventanas de las salas, o la claraboya del claustro.

Y entiendan que tan singular conjunto está al servicio de ese dialogo entre la fe, el arte, y la cultura, hoy con la cultura de nuestro tiempo, antaño con la del siglo de oro que vio el origen de este espacio.

Un diálogo que une a quienes buscan el sentido de la vida desde la fe o sin ella, a quienes son de aquí con quienes vienen de cualquier parte del mundo, a quienes piensan de una manera o de otra, para tejer redes de entendimiento, para construir la cultura del encuentro.

Porque esta Capilla y este lugar, encomendados a la Delegación de Cultura de la Iglesia que peregrina en Madrid, son ahora espacios para este diálogo. En realidad, siempre lo han sido, porque la belleza no tiene fronteras, y nos une a todos para con ella buscar también la verdad que nos llama a alcanzar nuestro fin, y la bondad que nos permite encontrarnos entre nosotros, iguales en dignidad, y creados a imagen y semejanza de la Belleza Infinita.

Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Cultura de la Archidiócesis de Madrid.

PARA SABER MÁS:

  • OSCAR UCETA GARCÍA. San Isidro y la capilla del obispo. Historia, arte y espiritualidad. Cabildo Catedral Metropolitano de Madrid. Madrid, 2022, 146p.
  • EMILIO GUERRA CHAVARINO. Capilla del Obispo. Ediciones la librería. Madrid 2011, 88p.
  • CARLOS OSORIO GARCÍA DE OTEYZA. Iglesias de Madrid. Ediciones la librería. Madrid 2014, 384p.

 

VISITAS A LA CAPILLA DEL OBISPO:

La Capilla del Obispo esta abierta para ser visitada los miércoles de 10,30 a 14 horas, con un guía acompañante.