Espacios diversos para el diálogo fe/cultura según diferentes áreas de expresión cultural.

Hablar de “áreas de expresión cultural” es un término muy genérico. Basta con acudir al concepto complexivo de cultura que propone el teólogo anglicano John Robert Scott, que la definió de este modo: “Una cultura es un sistema integrado: de creencias (acerca de Dios, de la realidad, del sentido último), de valores (de lo que es verdadero, bueno, bello y normativo), de costumbres (cómo comportarse, relacionarse con otros, hablar, rezar, vestir, trabajar, jugar, comerciar, comer, etc..), y de instituciones que expresan dichas creencias, valores y costumbres (gobiernos, juzgados, templos, iglesias, familia, escuelas, hospitales, tiendas, sindicatos…), que entrelazan una sociedad y le dan sentido de identidad, dignidad, seguridad y continuidad”[1].  

Al hablar aquí de “áreas de expresión cultural”, nos referimos más bien a todos aquellos ámbitos de la creatividad humana en la se expresa la cultura, especialmente en el llamado mundo de las artes, como son la literatura y el teatro, la pintura, la escultura, la fotografía artística, y la performance (artes plásticas), la música, la arquitectura, el diseño gráfico, el cine y los diversos formatos de la comunicación audiovisual, etc…

El Concilio Vaticano II, recordaba San Juan Pablo II, “puso las bases de una renovada relación entre la Iglesia y la cultura, que tiene inmediatas repercusiones también en el mundo del arte. Es una relación que se presenta bajo el signo de la amistad, de la apertura y del diálogo[2]. Y recuerda como en la Constitución pastoral Gaudium et spes, los Padres conciliares subrayaron la “gran importancia” de la literatura y las artes en la vida del hombre: “También la literatura y el arte tienen gran importancia para la vida de la Iglesia, ya que pretenden estudiar la índole propia del hombre, sus problemas y su experiencia en el esfuerzo por conocerse mejor y perfeccionarse a sí mismo y al mundo; se afanan por descubrir su situación en la historia y en el universo, por iluminar las miserias y los gozos, las necesidades y las capacidades de los hombres, y por diseñar un mejor destino para el hombre[3]

Fue San Pablo VI quien, en nuestro tiempo, dio un paso adelante decisivo en el diálogo de la fe con la cultura a través del arte, en el encuentro entre la Iglesia y el arte, no sólo con el arte religioso ni con los artistas creyentes, sino con todo el arte y con todos los artistas, especialmente con el arte y con los artistas más innovadores y vanguardistas. 

Con humildad, San Pablo VI, dirigiéndose a los artistas, les hizo esta confesión que hoy sigue siendo el “santo y seña” del diálogo de la Iglesia con el arte:

“Tenemos necesidad de vosotros. Nuestro ministerio tiene necesidad de vuestra colaboración. Pues, como sabéis, nuestro ministerio es el de predicar y hacer accesible y comprensible, más aún, emotivo, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta operación que trasvasa el mundo invisible en fórmulas accesibles, inteligibles, vosotros sois maestros. Es vuestra tarea, vuestra misión; vuestro arte consiste precisamente en recoger del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabras, de colores, de formas, de accesibilidad. Y no es solamente una accesibilidad como puede ser la del maestro de lógica, o de matemáticas, que hace comprensibles los tesoros del mundo inaccesible a las facultades cognoscitivas de los sentidos y a nuestra percepción inmediata de las cosas. Vosotros también tenéis esta prerrogativa por el hecho mismo de hacer accesible y comprensible el mundo del espíritu, conservando a este mundo su inefabilidad, el sentido de su transcendencia, su ambiente de misterio, la necesidad de conjuntarlo al mismo tiempo con la facilidad y con el esfuerzo (…) ¿Hacemos las paces? ¿Hoy? ¿Aquí? ¿Queréis volver a ser amigos? ¿Es todavía el Papa el amigo de los artistas? ¿Queréis sugerencias y medios prácticos? Pero estos ahora no entran en el cálculo. Ahora sólo quedan los sentimientos. Tenemos que volver a ser aliados”[4].

Fue San Juan Pablo II quien, en su Carta a los artistas, explicó que en la creación artística “el hombre se revela más que nunca imagen de Dios y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la estupenda materia de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con admirable condescendencia, trasmite al artista humano un destello de su sabiduría trascendente, llamándolo a compartir su potencia creadora”[5].

El concepto de “expresión cultural” que adjudicamos a las obras de arte hunde su significado en una observación de la que se hace eco San Juan Pablo II, la de que “la auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben los sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del alma humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad misteriosa de las cosas. Todos los artistas tienen en común la experiencia de la distancia insondable que existe entre la obra de sus manos, por lograda que sea, y la perfección fulgurante de la belleza percibida en el fervor del momento creativo: lo que logran expresar en lo que pintan, esculpen o crean es sólo un tenue reflejo del esplendor que durante unos instantes ha brillado ante los ojos de su espíritu”[6].

Este misterio que se esconde en toda expresión artística lleva a la Iglesia a considerar un valor sagrado al arte más allá de su intencionalidad religiosa o desprovista de ella, pues “el arte, incluso más allá de sus expresiones más típicamente religiosas, cuando es auténtico, tiene una íntima afinidad con el mundo de la fe, de modo que, hasta en las condiciones de mayor desapego de la cultura respecto a la Iglesia, precisamente el arte continúa siendo una especie de puente tendido hacia la experiencia religiosa. En cuanto búsqueda de la belleza, fruto de una imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo voz de la expectativa universal de redención[7].

Por eso, podemos decir con San Juan Pablo II que, de algún modo, detrás de toda verdadera inspiración artística, está el Espíritu Santo: “Queridos artistas, sabéis muy bien que hay muchos estímulos, interiores y exteriores, que pueden inspirar vuestro talento. No obstante, en toda inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel soplo con el que el Espíritu creador impregnaba desde el principio la obra de la creación. Presidiendo sobre las misteriosas leyes que gobiernan el universo, el soplo divino del Espíritu creador se encuentra con el genio del hombre, impulsando su capacidad creativa.Lo alcanza con una especie de iluminación interior, que une al mismo tiempo la tendencia al bien y a lo bello, despertando en él las energías de la mente y del corazón, y haciéndolo así apto para concebir la idea y darle forma en la obra de arte. Se habla justamente entonces, si bien de manera análoga, de «momentos de gracia», porque el ser humano es capaz de tener una cierta experiencia del Absoluto que le transciende”[8].

Evidentemente, algo que queda meridianamente claro en el Magisterio de la Iglesia sobre el diálogo de la fe con la cultura a través del arte, es que éste no es un diálogo meramente conceptual e intelectual, sino que se trata de un diálogo personal, el diálogo entre los hijos de la Iglesia (los cristianos, en la variedad de todas sus vocaciones, carismas y ministerios), y los artistas, cada uno de ellos, en la pluralidad de sus convicciones y creencias, de sus disciplinas y estilos. A todos se dirige la Iglesia en este diálogo con estas palabras de San Juan Pablo II: “os deseo, artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos conduzcan a todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el asombro se convierte en admiración, embriaguez, gozo indecible”[9].

Dice el profesor Fernando Vidal que “persisten los poetas, los pintores, escultores, dramaturgos, compositores y artesanos que siguen consagrando heroica y desinteresadamente su vida a la belleza. Y lo hacen muchas veces en condiciones muy precarias. Pero la sociedad ha perdido capacidad contemplativa, lo sublime está escombrado bajo una montaña de frivolidades, y no cuidamos a nuestros artistas, que son profetas de lo inefable[10]. Aunque sólo fuera por mostrar por parte de la Iglesia que peregrina en Madrid su cuidado para con los artistas y la estima por sus obras, merece la pena con creces estos espacios para el diálogo fe/cultura según diferentes áreas de expresión cultural.

  • Diálogo con el mundo de la literatura y el teatro

Parece claro que, en concreto, “la inculturación de la fe ha de abrirse también al arte contemporáneo (literatura, teatro, cine), así como a “aquellos modos no convencionales de belleza” que están “atravesadas por una fuerte búsqueda de sentido y espiritualidad”, y “pueden ayudar a la conversión de los sentidos” y a “superar cierto intelectualismo”[11].

Recordaba San Juan Pablo II como “el mismo Antiguo Testamento, interpretado a la luz del Nuevo, ha dado lugar a inagotables filones de inspiración. A partir de las narraciones de la creación, del pecado, del diluvio, del ciclo de los Patriarcas, de los acontecimientos del éxodo, hasta tantos otros episodios y personajes de la historia de la salvación, el texto bíblico ha inspirado la imaginación de pintores, poetas, músicos, autores de teatro y de cine. Una figura como la de Job, por citar sólo un ejemplo, con su desgarradora y siempre actual problemática del dolor, continúa suscitando el interés filosófico, literario y artístico”[12].

La Iglesia nos ha recodado siempre el valor de la llamada “literatura cristiana”, basada no sólo en la narrativa que ahonda en la narrativa bíblica, o en la narrativa biográfica de los santos o de los grandes acontecimientos de la historia de la Iglesia, sino en toda literatura que de algún modo exprese la sensibilidad del Evangelio, y el humanismo cristiano.

El Papa Francisco llegó a hacer un llamamiento reclamando la necesidad de la literatura: “Hago un llamamiento: en este tiempo de crisis del orden mundial, de guerras y grandes polarizaciones, de paradigmas rígidos, de graves desafíos a nivel climático y económico, necesitamos el genio de un lenguaje nuevo, de historias e imágenes poderosas, de escritores, poetas, artistas capaces de gritar al mundo el mensaje del Evangelio, de hacernos ver a Jesús (…) La literatura ayuda al lector a romper los ídolos de los lenguajes autorreferenciales, falsamente autosuficientes, estáticamente convencionales, que a veces hacen que se corra el riesgo de contaminar incluso nuestro discurso eclesial, aprisionando la libertad de la Palabra”[13].

Es más, para Francisco la buena literatura, en sí misma, en tanto refleja el verdadero drama humano, constituye un lugar donde se hace una experiencia de Dios: “Hay cosas en la vida que, a veces, ni siquiera podemos comprender o para las que no encontramos las palabras adecuadas: este es tu terreno fértil, tu campo de acción. Y este es también el lugar donde muchas veces se experimenta a Dios. Una experiencia que siempre está desbordante: no puedes tomarla, la sientes y va más allá; siempre está rebosante, la experiencia de Dios, como una tina donde el agua cae continuamente y, al cabo de un rato, se llena y el agua se desborda, se desborda[14].

Por eso se atreve a pedir a los escritores: “Esto es lo que quisiera pedirles también hoy: ir más allá de las fronteras cerradas y definidas, ser creativos, sin domar sus ansiedades y las de la humanidad.Tengo miedo de este proceso de domesticación, porque me quita creatividad, me quita poesía (…) Esta obra permite al Espíritu actuar, crear armonía en las tensiones y contradicciones de la vida humana, mantener vivo el fuego de las buenas pasiones y contribuir al crecimiento de la belleza en todas sus formas[15].

Hasta tal punto el Papa Francisco daba valor a la literatura y al diálogo de la fe con la cultura a través de la literatura, que, sin precedentes en el magisterio pontificio, escribió una carta sobre el papel de la literatura en la formación de los futuros sacerdotes. En ella, entre otras muchas cosas, les preguntaba: “¿Cómo podemos penetrar en el corazón de las culturas, las antiguas y las nuevas, si ignoramos, desechamos y/o silenciamos sus símbolos, mensajes, creaciones y narraciones con los que plasmaron y quisieron revelar y evocar sus más bellas hazañas y los ideales más bellos, así como también sus actos violentos, miedos y pasiones más profundos? ¿Cómo hablar al corazón de los hombres si ignoramos, relegamos o no valoramos esas palabras con las que quisieron manifestar y, por qué no, revelar el drama de su propio vivir y sentir a través de novelas y poemas?[16].

Y a continuación les explicaba el valor de este diálogo: “La misión de la Iglesia ha sabido desplegar toda su belleza, frescura y novedad en el encuentro con las diversas culturas -muchas veces gracias a la literatura- en las que ha echado raíces sin miedo a arriesgarse y a extraer de ellas lo mejor que ha encontrado. Es una actitud que la ha librado de la tentación de un solipsismo ensordecedor y fundamentalista que consiste en creer que sólo una específica gramática histórico-cultural tiene la capacidad de expresar toda la riqueza y profundidad del Evangelio. Muchas de las profecías catastrofistas que hoy intentan sembrar la desesperanza, tienen su origen precisamente en este aspecto. El contacto con diferentes estilos literarios y gramaticales siempre nos permitirá profundizar en la polifonía de la Revelación, sin reducirla o empobrecerla a las propias necesidades históricas o a las propias estructuras mentales[17].

Es más, les abría la mente y el corazón a un mundo tan inabarcable como lo es el mismo mundo: “La diversidad maravillosa del ser humano y la pluralidad diacrónica y sincrónica de culturas y saberes se configuran en la literatura con un lenguaje capaz de respetarlas y expresar su variedad, pero, al mismo tiempo, se traducen en una gramática simbólica del sentido que nos las hace, no extrañas, sino inteligibles y compartidas. La originalidad de la palabra literaria está en el hecho de que expresa y transmite la riqueza de la experiencia sin objetivarla en la representación descriptiva del saber analítico o en el examen normativo del juicio crítico, sino como contenido del esfuerzo de la expresión e interpretación que buscan dar sentido a la experiencia en cuestión. Cuando se lee un relato, gracias a la visión del autor, cada quien imagina a su modo el llanto de una joven abandonada, la anciana cubriendo el cuerpo de su nieto dormido, la pasión de un pequeño emprendedor que trata de salir adelante a pesar de las dificultades, la humillación de quien se siente criticado por todos, el joven que sueña en una vida miserable y violenta como única salida al dolor. A medida que identificamos rastros de nuestro mundo interior en medio de esas historias, nos volvemos más sensibles frente a las experiencias de los demás, salimos de nosotros mismos para entrar en lo profundo de su interior, podemos entender un poco más sus fatigas y deseos, vemos la realidad con sus ojos y finalmente nos volvemos sus compañeros de camino. De este modo, nos sumergimos en la existencia concreta e interior del verdulero, de la prostituta, del niño que crece sin padres, de la esposa del albañil, de la viejita que aún cree que encontrará su príncipe azul. Y esto lo podemos hacer con empatía y, a veces, con tolerancia y comprensión”[18].

Pasemos al teatro: Aun formando parte del espectáculo, a diferencia del cine o la televisión, el hecho teatral es único e irrepetible: “El acontecimiento teatral nace y muere con su mostración. En cada obra se escenifica la constante lucha de una técnica que quiere hacer repetible lo irrepetible, lo que es presente por excelencia. El teatro es el gran artificio al servicio de lo huidizo”[19].

El teólogo Hans Urs Von Balthasar explica que “la acción no es narrada, sino que acontece con las palabras; no es conferencia, la acción avanza y se expone la palabra (…) El teatro se convierte en una reserva contra las filosofías acabadas; realza el carácter existencial de la existencia frente a toda uniformidad, lo coloca ante su mirada como algo que pertenece a lo envolvente. Es problemático cómo y en qué sentido lo hace, pero sigue aferrado a la dignidad de esta pregunta; y mientras se mantiene el interrogante no pierde la esperanza de una respuesta. De esta manera presta notable aportación a la teología fundamental latente”[20].

  • Diálogo con el mundo de la música

Explica la cantautora Maite López que vivimos en una sociedad en la que podemos decir de todos, pero especialmente de los jóvenes, que “la música acompaña la cotidianeidad de sus rutinas, invade sus espacios, estructura su tiempo libre, condiciona su consumo, estimula sus potencialidades, sigue de cerca su evolución. Pero lo que es más importante, sus canciones y artistas favoritos acompañan sus estados de ánimo y sus situaciones vitales, desde las más tristes (como los dramas familiares o los conflictos sociales) hasta las más gozosas (como los éxitos personales o las conquistas afectivas). Todos estos síntomas hacen pensar que la música (toda ella) tiene mucho que ver con la cuestión delsentido de la vida”[21].

No es la música estrictamente religiosa la única que se presta al diálogo fe/cultura a través de la Música, sino todo tipo de música y, en todo caso, especialmente, la “música de valores”, que podemos definir como “música que comunica un sentido positivo de la vida, que transmite valores humanos, que incentiva los deseos de vivir, de darse a los demás, que aumentan la ilusión o la esperanza cuando se escuchan (…) Música hecha por creyentes y no creyentes, música que está en la calle, en las listas de éxitos y en los escaparates escondidos. Música que habla de la amistad, de las dificultades de la vida, de la esperanza, de la paz o la guerra, del maltrato, de las pateras, de la inmigración, de las penurias de la gente, del amor, de las relaciones familiares, etc…[22].

  • Diálogo con el mundo de las artes plásticas

A lo largo de la Iglesia ha acudido siempre al arte en general, pero sobre todo a las artes plásticas, para su misión. Explicaba San Pablo VI que “la Iglesia lleva a efecto este primer anuncio de Jesucristo mediante una actividad compleja y diversificada, que a veces se designa con el nombre de «pre-evangelización», pero que muy bien podría llamarse evangelización, aunque en un estadio de inicio y ciertamente incompleto. Cuenta con una gama casi infinita de medios: la predicación explicita, por supuesto, pero también el arte, los intentos científicos, la investigación filosófica, el recurso legitimo a los sentimientos del corazón del hombre podrían colocarse en el ámbito de esta finalidad”.

Pero incluso cuando su intención ha sido explícitamente evangelizadora, siempre ha entendido que su mirada a la pintura, la escultura, y todas las demás formas de artes plásticas (y por supuesto, todas las demás disciplinas artísticas), debía ser una mirada desinteresada. La Iglesia, haciendo suya la mirada de la fe en el Dios de Jesús, “belleza infinita” como lo llamaba San Agustín, se detiene en el arte para contemplarlo, como si se tratase de parte del culto divino, pues a través del arte ve la belleza de la humanidad creada y redimida por Dios, la belleza de la naturaleza recreada por el hombre, y tras ellas la belleza misma de Dios escondida en la colaboración del hombre con su creación a través del arte. 

Decía Benedicto XVI que “el camino de la belleza nos lleva a reconocer el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito, a Dios en la historia de la humanidadSimone Weil escribía al respecto: En todo lo que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de la belleza está realmente la presencia de Dios. Existe casi una especie de encarnación de Dios en el mundo, cuyo signo es la belleza. Lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible. Por esto todo arte de primer orden es, por su esencia, religioso«[23].

  • Diálogo con el mundo del cine y de la creatividad audiovisual

Es difícil que exista una confesión de la fe, un tipo de experiencia de la fe, una moción espiritual, y una emoción contemplativa, que no esté reflejada, es más, magníficamente reflejada, no ya en el cine-religioso (que a veces es el menos religioso), sino en el cine convencional, ya sea “de culto” o comercial, tras dos largos siglos de su existencia. 

Es más, como explica el director del Departamento de Cine de la Comisión Episcopal para los Medios de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal Española, Juan Orellana, “el cine contemporáneo, como un rico caleidoscopio, nos ofrece muchas imágenes fragmentarias del hombre postmoderno, tanto de su desintegración en la nada, como de su deseo originario de romper ese círculo vicioso y buscar un punto de fuga con el que poder salir del ataúd de esa instintividad solipsista y asfixiante. Así, junto a numerosos largometrajes que ilustran de muchas maneras a un ser humano que ha tocado fondo entre soledad y amargura, hay otras muchas que buscan la superación del nihilismo y del narcisismo a través del deseo, incluso del anhelo del otro, de la apertura a la alteridad[24]

Las nuevas generaciones (las de los niños, adolescentes y jóvenes de nuestros grupos pastorales) hablan también un nuevo lenguaje mediático, el lenguaje audiovisual, que es especialmenteinmediato, conciso, simple, y provocativo. También especialmente vulnerable a una doble manipulación(en el sentido no peyorativo, sino técnico del término): emotiva y evocativa (luz, color, ritmo, palabra, música, enfoque), y cognitiva (primacía de la percepción a la atención y la comprensión). Y a nadie se le escapa que hablar hoy de lenguaje mediático, y de lenguaje parabólico a la vez, es hablar de lenguaje audiovisual, un nuevo lenguaje que recorre todos los códigos lingüísticos y todas las técnicas de la comunicación, y que podríamos resumir en la expresión del Papa Francisco de un modo de comunicarse que integra la idea, el sentimiento y la imagen[25].

Características de este nuevo lenguaje como la fortísima velocidad en la fragmentación de la imagen, el simple y escaso uso de palabra, y la proliferación de golpes de impacto sonoro y visual, podrían poner en duda que el lenguaje mediático (sobre todo el audiovisual y digital) sirva para evangelizar, para suscitar la inquietud y el asombro religiosos, o sencillamente para poder entablar un diálogo con la cultura de hoy, la de las nuevas generaciones. Nos equivocaríamos. Los géneros propios del testimonio(sobre todo el relato y la semblanza, de los que hablamos al proponer el criterio de la catequesis narrativa), son especialmente adecuados a los diversos formatos del lenguaje mediático; pero, sobre todo, son especialmente adecuados para el formato audiovisual (no tanto para su transmisión televisiva, en acelerado reajuste en los nuevos hábitos por las plataformas digitales, sobre todo de las nuevas generaciones), sino para su transmisión a través de la Red[26]

Parece claro que “un nativo digital parece preferir la imagen a la escucha. Desde el punto de vista cognitivo y conductual, en cierto modo está condicionado por el consumo de medios de comunicación al que está sometido, reduciendo desgraciadamente su desarrollo crítico. Este consumo de contenidos digitales, por consiguiente, no es sólo un proceso cuantitativo, sino también cualitativo que produce otro lenguaje y una nueva forma de organizar el pensamiento”[27]

Se trata de “oportunidades que las generaciones anteriores no tuvieron”, y que ahora se nos presentan como un nuevo desafío para el diálogo con los nuevos lenguajes de la nueva cultura de las nuevas generaciones. ¿Y cómo se responde a este desafío? Recogiendo del lenguaje mediático en general y del audiovisual en particular aquellas características que deben tenerse en cuenta en el lenguaje con los jóvenes (provocativo, inmediato, impactante, narrativo, multisensorial, etc…).

  • Acciones con respecto a cada uno de estos ámbitos

La Delegación de Pastoral de la Cultura tratará de entablar contacto y establecer relaciones con representantes significativos de todos y cada uno de estos ámbitos culturales, organizar con ellos eventos culturales, y proponer concursos y premios específicos para cada uno de ellos.


[1] JULIO MARTÍNEZ S.J. La cultura del encuentro. Desafío e interpelación para Europa. Obra citada, p.15.

[2] SAN JUAN PABLO II. Carta a los artistas (4 de abril de 1999), nº 11.

[3] CONCILIO VATICANO II. Constitución pastoral Gaudium et spes. Documento citado, nº 62.

[4] SAN PABLO VI. Homilía en la “Misa de los artistas” en la Capilla Sixtina, el 7 de mayo de 1964.

[5] SAN JUAN PABLO II. Carta a los artistas (4 de abril de 1999), nº 1.

[6] Ibid., nº 6.

[7] Ibid., nº 10.

[8] Ibid., nº 15.

[9] Ibid., nº 16.

[10] FERNANDO VIDAL. La música contemporánea de las Esclavas de la Eucaristía. Vida Nueva Digital (6705/2025).

[11] CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN. Directorio para la Catequesis (27 de agosto 2020), nº 109, 212.

[12] SAN JUAN PABLO II, Carta a los artistas. Documento citado, nº 5.

[13] FRANCISCO. Carta de presentación de la obra DAVIDE BRULLO, ANTONIO SPADARO y NICOLA COCETTI. Versos a Dios. Antología de la poesía religiosa. Roma. Crocetti editore, Roma 2024.

[14] Ibid.

[15] Ibid.

[16] FRANCISCO. Carta sobre el papel de la literatura en la formación (4 agosto 2024), nº 9.

[17] Ibid., nº 10.

[18] Ibid., 35-36.

[19] FRANCESC MASSIP. El teatro medieval. Montesinos. Madrid,1992, p.10.

[20] HANS URS VON BALTHASAR. Teodramática (Tomo I “Prolegómenos”), Ediciones Encuentro, Madrid 1990, p.20,25.

[21] MAITE LÓPEZ. “Los jóvenes y la música religiosa”. Misión Joven. CCS, Madrid (julio 2005).

[22] Ibid.

[23] BENEDICTO XVI. Discurso a los artistas (21 noviembre 2009).

[24] JUAN ORELLANA. “Cine contemporáneo y evangelización”. En Actualidad catequética para la Evangelización, nº 270 (2022-2), p. 135.

[25] Cf.: FRANCISCO. Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (24 noviembre 2013), nº 175.

[26] Siguiendo una de las indicaciones del Plan Diocesano de Evangelización de la Archidiócesis de Madrid: “potenciar la acción evangelizadora en las redes sociales” (PDE, 10, 3). Cf.: INFOMADRID. “Conozca las principales propuestas del Plan Diocesano de Evangelización”, en archimadrid.es (9 de junio de 2018).

[27] CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN. Directorio para la Catequesis. Documento citado, nº 370.