La contemplación como resistencia

Su diagnóstico es lúcido, aunque la tradición cristiana invita a dar un paso más: descubrir que la contemplación encuentra su plenitud en la relación con Dios”.

Vida contemplativa. Elogio de la inactividad

Byung-Chul Han. Ed, Taurus, 2023. 144 páginas.

La primera vez que leí a Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, muchas de las piezas de mi puzzle personal comenzaron a encajar. Tras atravesar un burnout, La sociedad del cansancio me dio herramientas para comprender la obsesión contemporánea por el hacer y el rendimiento. Entendí mejor la angustia que me agotaba.

Por eso, la primera reseña que publico desde entonces quería dedicarla a Vida contemplativa. Elogio de la inactividad, uno de sus libros más accesibles. En él, Han cuestiona una de las convicciones más arraigadas de nuestro tiempo: que el valor de una persona depende de su productividad.

Su tesis es tan sencilla como provocadora. «La obligación de actuar y, aún más, la aceleración de la vida se están revelando como un eficaz medio de dominación». Frente a esa lógica del rendimiento permanente, reivindica la contemplación como una forma de resistencia. Contemplar no es dejar de vivir, sino recuperar la capacidad de mirar, pensar y habitar el tiempo sin convertir cada instante en un medio para alcanzar un fin.

Como en buena parte de su obra, Han critica un sistema que sustituye la comunidad por la competencia. Para sostener su reflexión dialoga con Aristóteles, Hannah Arendt o Martin Heidegger y reivindica la renuncia como una forma de libertad. En una cultura obsesionada con producir y acumular, detenerse aparece casi como un acto de rebeldía.

La escritura de Han conserva aquí su capacidad para condensar intuiciones brillantes, aunque muchas de ellas apenas llegan a desarrollarse. Sin embargo, mi principal reserva no es filosófica, sino teológica.

Han diagnostica con enorme precisión la enfermedad espiritual de la sociedad contemporánea, pero, a mi juicio, no alcanza la raíz última de la contemplación porque prescinde de su dimensión teologal. La contemplación no consiste únicamente en detenerse o escapar de la lógica productivista. Para la tradición cristiana es, sobre todo, una mirada dirigida a Dios que transforma a quien contempla.

No es casual que las páginas más sugerentes del ensayo aparezcan cuando se aproxima a esa tradición. Citando a san Agustín escribe que contemplación y amor «se tornan una única cosa». Y san Gregorio Magno aporta una intuición decisiva: «La vida activa debe conducirnos a la contemplación, pero la contemplación debe llamarnos de vuelta a la actividad». Ahí reside el verdadero equilibrio: la contemplación no se opone a la acción, sino que la purifica.

Byung-Chul Han se ha convertido en uno de los filósofos más leídos por creyentes y no creyentes. Su análisis del agotamiento contemporáneo resulta lúcido y necesario. Cuando afirma que la crisis religiosa tiene que ver con la pérdida de la capacidad contemplativa ofrece también una pista para comprender el renovado interés espiritual de muchos jóvenes. Quizá ese sea el gran acierto de este libro. Pero la tradición cristiana va un paso más allá: la contemplación alcanza su plenitud cuando descubrimos que no basta con aprender a mirar el mundo, sino que también debemos aprender a dejarnos mirar por Dios.

Álvaro Real Arévalo,

periodista y escritor. Coordinador del «Teléfono Dorado» de Mensajeros de la Paz y colaborador de comunicación de la Fundación Social Padre Ángel-contra la Soledad no deseada.