Domingo XXVI del Tiempo Ordinario – ciclo A (27/09/2026), COHERENCIA Y ACOGIDA

La Palabra de Dios nos muestra cuatro condiciones de la fidelidad al amor de Dios para con nosotros: la conversión, la oración, la humildad, y la coherencia:

  • La conversión: El profeta Ezequiel deja bien claro que no hay conversión sin fidelidad, en primer lugar, a la justicia: “cuando el malvado se arrepiente de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, el mismo salva la vida”.
  • La oración: El salmo 24 invita a la única oración que expresa la conversión y lleva a la fidelidad: “enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad”.
  • La humildad: Pablo en su Carta a los Filipenses nos urge a dejarnos guiar por la humildad y considerar siempre superiores a los demás, como camino indispensable para la comunión (“un mismo amor y un mismo sentir”), y a ejemplo de Cristo, que “a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y tomo la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”.
  • La Coherencia: Jesús en el Evangelio nos pone ante la evidencia: si nos hemos convertido y como el trabajador de la viña le decimos “voy Señor”, es para luego ir de verdad. Por eso no nos precederán en el Reino de los Cielos los “cumplidores oficiales”, sino los que, habiéndose convertido, desde la humildad y la súplica, han dicho un sí a Dios con su vida. Porque, además, los “cumplidores oficiales” no siempre lo son, por ejemplo, cuando ven en los pobres y migrantes un problema, y no una oportunidad para la solidaridad.

Hoy nosotros no nos escandalizamos, como los fariseos, de que los publicanos y las prostitutas nos lleven la delantera en el Reino de Dios. Pero a veces nos escandalizamos cuando nuestros hermanos más fieles al evangelio que nosotros, acogen a los más alejados de la fe y les piden, como hacía Jesús con los publicanos y las prostitutas, formar parte de la comunidad cristiana.

  • No pocos se escandalizaban de que el Papa Francisco recibiera a personas de moral pública cuestionable, o que el Papa León XVI se reuniese en el Madrid-Arena con representantes del mundo de la cultura y de la sociedad civil poco o nada asiduos a la vida de la Iglesia. O que, en el Bernabeu, en este caso con los católicos convencidos, nos dijese que tuviésemos confianza en el hecho de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta: “Disponeos a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión”.
  • Y nos decía el Papa León: “Por eso es tan importante que los cristianos no caigamos en la tentación de dispersarnos ni encerrarnos, cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía. Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado”.
  • Cuando San Juan XIII convocó el Concilio Vaticano II alguien le pregunto el motivo, y dijo: “para abrir las puertas y ventanas de la Iglesia y que así entre aire fresco, porque en ella todos son bienvenidos”.
  • Ahora toca que tú y yo hagamos lo mismo: abrir las puertas y ventanas de nuestros entornos seguros, familiares, sociales y eclesiales, y descubrir como Dios va por delante, y acoge en su casa a quienes menos podríamos imaginar, porque en la casa de Dios todos son bienvenidos, sean como sean, piensen como piensen, y vengan de donde vengan…

Manuel María Bru Alonso

Delegado Episcopal de Cultura  (Arzobispado de Madrid)