DOM. SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS ciclo A (01/11/2026)
La Palabra de Dios no sólo nos hace santos, sino que nos muestra el atractivo, envidiable, provocativo, y sorpresivo, camino de la Santidad:
- En su maravillosa descripción el Apocalipsis:
- Por un lado, nos describe la marcha victoriosa del “grupo de viene a la presencia del Señor”, que canta el salmo 23, es decir, de todos los santos: “muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”.
- Y, por otro lado, no nos oculta que ninguno de ellos ha tenido un camino de rosas, sino que han abrazado la cruz: Cuando el anciano pregunta: “Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de donde han venido?”, la respuesta que recibe es estremecedora: “Estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero”.
- El mismo Juan, en su primera carta, nos dice en apenas cuatro líneas un montón de cosas sobre la santidad: Que la santidad nace “del amor que Dios nos tiene”. Que el mundo no la reconoce. Que nos hace semejantes a Dios y nos lleva a su presencia. Y que se conquista a base de esperanza.
- Y Jesús en el Evangelio nos muestra como los santos, los bienaventurados, los reconocidos por Dios, son precisamente los despreciados por el mundo. Ocho bienaventuranzas que podemos vincular a tres prototipos de santos: los pobres y sencillos, los pacíficos y misericordiosos, los que sufren y son perseguidos.
- Ahora bien, a nosotros… ¿a qué nos suena la palabra santidad? Para la cultura circundante sonará a álbum de estampitas, o a lista de personajes trasnochados que forman parte de ese patrimonio moralizante de la Iglesia, o en el mejor de los casos, a irrealizable utopía, a algo imposible e inalcanzable.
- ¿Y a nosotros? Nos debería sonar a bienaventuranza. Es decir: A que felices, lo que se dice felices: sólo los santos. Y a que para ser santos no hay que ser extraordinarios. A qué para ser santos hay que ser sencillos. Y que aquí no valen los individualismos. La santidad sólo se alcanza en cordada: de la mano, juntos y unidos. Porque Jesús no describe al bienaventurado, al santo, sino a los santos: no describe un perfil, sino que muestra un pueblo.
- Deberíamos mirarnos en las bienaventuranzas para ver si buscamos la felicidad, no como un código moral, sino como la radiografía del modo como queremos entender nuestra vida: pobres, confiados, misericordiosos: en definitiva: hijos, hijos amados y confiados de Dios Padre. Hijos para siempre. Ahora y en la hora de nuestra muerte.
- San Juan Pablo II en la Jornada Mundial de la Juventud de Toronto de 2002 les decía a los jóvenes: “Cuando construís la paz en un mundo de violencia y de guerra; cuando lucháis por la justicia ante la explotación del hombre por el hombre o de una nación por la otra; cuando con la misericordia generosa no buscáis la venganza; sino que llegáis a amar al enemigo; cuando en medio del dolor y las dificultades no perdéis la esperanza y la constancia en el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre hermano. Entonces os convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia”.
- Y tú, y yo…, ¿nos unimos a este plan? Así, juntos, podríamos hacer un mundo mejor, un mundo más santo.
Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Cultura de la Archidiócesis de Madrid.


